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Anna Freixas: “Las mujeres mayores han sostenido el mundo, pero la sociedad les devuelve muy poco”

Fuente: Plataforma de Mayores y Pensionistas

Anna Freixas

Anna Freixas

La doctora en psicología y escritora feminista Anna Freixas reivindica la urgencia de situar a las mujeres mayores en el centro del debate público. En esta entrevista analiza la “estafa estructural” que atraviesa la vida de las mujeres desde la infancia hasta la vejez; denuncia la persistencia del edadismo y de las violencias silenciadas; y reclama políticas valientes que reconozcan el valor social de los cuidados, garanticen pensiones dignas y rompan la invisibilidad mediática que pesa sobre generaciones enteras.

¿Qué “justicias pendientes” siguen existiendo para las mujeres mayores en España?

Están todas pendientes. Prácticamente no se ha hecho ninguna justicia real hacia las mujeres y las niñas, y todavía menos hacia las mujeres viejas. Desde que nacemos vivimos dentro de una estafa estructural: se nos roba el tiempo, la autoestima, los saberes, el descanso, nuestras aspiraciones… Las mujeres sostenemos el mundo y, aun así, ese mundo rara vez nos devuelve algo.

Y esto es acumulativo. Cuantos más años pasan, más grave es. Son más años dedicados a los cuidados, más renuncias, más invisibilidad, más lejos de los propios deseos. La injusticia no se reduce; se agranda con la edad.

Cuando hablamos de estereotipos que pesan sobre las mujeres mayores, ¿qué silencios e imágenes dominantes siguen marcando sus vidas? ¿Y cómo romperlos?

A medida que envejecemos, las mujeres vamos desapareciendo de los medios, del espacio público, de las decisiones. Mira cualquier telediario: ellos pueden ser mayores, estar calvos, tener arrugas… y siguen presentando las noticias. Ellas, con 35 años, ya “sobran”. Es la ley del embudo patriarcal: lo ancho para ellos, lo estrechito para nosotras.

¿Soluciones? Muchísimas. Las instituciones deben garantizar que la edad no sea un criterio de exclusión. Y los medios tienen que revisar sus prácticas: mostrar presentadoras de 50, 60 y 70 años, igual que muestran presentadores de esas edades sin problema. En el mundo audiovisual esto ocurre en todo tipo de programas, en concursos, en tertulias… ellos continúan y ellas desaparecen.

Y no hablemos solo de edad, también del cuerpo. La discriminación estética hacia las mujeres mayores es feroz. Por eso necesitamos un observatorio serio que vigile estas prácticas y obligue a revisar esos estándares.

En cada 8M se habla de violencia machista, pero muy poco de la que sufren las mujeres mayores. ¿Por qué se silencia?

La violencia contra las mujeres mayores existe. Si observas las noticias sobre asesinatos verás que las víctimas no son solo chicas jóvenes; también matan a mujeres de 60, 70 y 80 años.

De todas formas, la violencia en general está silenciada. Solo se denuncia una mínima parte y las mujeres mayores, además, han normalizado esa violencia durante generaciones. Se les decía: “Los hombres son así”, “No pueden controlarse”… Entonces, si el propio entorno lo justifica, ¿cómo vas a identificarlo como violencia?

Además, existe otra violencia, la doméstica ejercida por hijos e hijas, muy desconocida, que se manifiesta en chantajes emocionales utilizando a los nietos, control económico, amenazas o manipulación afectiva. Muchas veces se hace “en nombre del amor”, pero es violencia directa. Para combatirla, primero hay que hablar de ella, ponerle nombre y decirles claramente a esos hijos e hijas que eso no es amor, es violencia.

¿Y por qué este cruce entre edadismo y desigualdad de género sigue siendo casi invisible en el debate público?

Porque los políticos creen que nunca van a envejecer. Piensan que la vejez es cosa de otros. Como si no fueran a cumplir 70, 80, 90 años si tienen suerte. Si fueran listos, harían políticas pensando en su vejez futura.

A esto se suma el mandato de belleza impuesto a las mujeres. Nuestro cuerpo es un activo para el mercado laboral; el de los hombres, no. Y lo que no se nombra, no existe. Si no hablamos de cómo se cruzan género y edad, seguirá siendo un fenómeno invisible.

Muchas mujeres mayores han sostenido familias, comunidades y cuidados sin reconocimiento. ¿Qué relato alternativo cree que deberíamos construir sobre esas trayectorias vitales y su valor social?

Hay que poner en valor los cuidados. Y eso significa reconocerlos, profesionalizarlos y remunerarlos. La sociedad cuida muchísimo la entrada al mundo (el nacimiento y la infancia), pero olvida la salida.

Este trayecto de salida del mundo debe ser estudiado, trabajado y puesto en valor, generando inversión en buenas condiciones laborales, residencias dignas y servicios de calidad. La vejez no es un gasto, las personas mayores tenemos pensión y generamos empleo.

El gasto en infancia no duele; pero el gasto de la vejez parece que sí duele, cuando en realidad dinamiza la economía, creando puestos de trabajo que paga la propia vejez.

¿Cuáles son los tres compromisos concretos que debemos pedir a las administraciones, los medios y el conjunto de la ciudadanía para avanzar en derechos y dignidad de las mujeres mayores?

El primero está clarísimo. Ninguna mujer mayor debería tener una pensión inferior al salario mínimo interprofesional. Haber sostenido el mundo ya debería ser motivo suficiente. Y esto, además, reduciría la pobreza y la enfermedad, mejoraría la salud y bajaría el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Sería un beneficio social enorme.

En segundo lugar, los medios deben comprometerse una representación real de las mujeres mayores. En este ámbito, es fundamental que para ellas existan la visibilidad, la diversidad y la dignidad.

Por último, se tiene que abrir un debate serio sobre las relaciones entre hijos e hijas y sus padres y madres mayores. Hay conductas muy sutiles, disfrazadas de cariño, que en realidad son control, abuso o explotación. Por suerte, no son conductas mayoritarias, es solo un porcentaje; pero, si no les ponemos nombre, no existen.